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Los CÓMICS ERÓTICOS que SENSUALIZARON mi infancia.

Hoy se habla de conscientizar a los padres sobre lo fácil que es para un niño acceder a contenido pornográfico desde internet, acercándolos a su responsabilidad en la educación sexual y afectiva de sus hijos. No me gusta utilizar la palabra “educación” pero será tema para otro artículo.

Algunos estiman que la pornografía puede llegar a los niños accidentalmente, y que también se encuentra al alcance de un clic, razones por las cuales se recomienda alertar a los padres ante el tipo de contenido que puedan encontrar como una oportunidad para abrir la comunicación sobre estos temas con sus hijos. Supongo que cada padre será diferente, y que a veces no son los hijos los que necesitan aclarar ciertos temas pero entender la vergüenza que hablar de esto supone para sus padres, por poner un ejemplo.

Todo este tema me motivó para contaros mi experiencia cuando no había internet y cómo “accidentalmente” la pornografía en papel llegó a mis manos una tarde de verano cualquiera…

De pequeña, 4 años para ser exacta, yo buscaba los cómics eróticos ocultos que tenían mis hermanos mayores.

Recuerdo el día que los encontré “accidentalmente”, SANTA CURIOSIDAD. Estaban en el cuarto de arriba, donde mis hermanos dormían cuando se quedaban en casa, empilados en una bolsa de plástico. Fue abrir el armario (no me preguntéis por qué) y  para empezar a descubrir qué era esto de “hacer el amor”. Cómics en blanco y negro y otros en color.

Mezcla de nervios y placer. Mezcla de culpabilidad y pensar “pero si esto me gusta”.
En aquellos arrebatos podía sentir como mi pequeña vulva se excitaba por el juego que me suponía, ya no solo ver aquellos dibujos de cuerpos desnudos interactuando, sino también por estar haciendo lo que había interpretado en silencio, que “no se debía hacer”. El placer por lo prohibido, el placer de haber hallado aquello que de lo que no se hablaba. El lado oscuro de los adultos: una sexualidad que yo me moría de ganas de saber.

¿Pero porqué tanto misterio? me preguntaba. Mis padres no eran religiosos estrictos que digamos, me enseñaron algo de historia y poco más pero simplemente: no se hablaba.

En la escuela: no se hablaba.
En la tele: no se hablaba.
En el barrio no se hablaba.

Por considerar que no era necesario, no se hablaba.
Por proteger no se hablaba.
Por cuidar no se hablaba.
Por controlar no se hablaba.
Por no saber cómo, no se hablabla.
Por vergüenzas, no se hablaba.
Porque nadie les habló, no se hablaba.

Porque no había una guía para padres o tutores que enseñara a cómo abordar la comunicación y educación sexual/sentimental de los niños. Porque tendrían otras preocupaciones, porque consideraban que no era tema de niños, porque de eso se debería encargar la escuela, porque…

Básicamente de esto no se hablaba. No se hablaba pero yo lo percibía, lo sentía en las canciones, en los besos que se daban en la calle dos personas (me moría de vergüenza en esos momentos queriendo no mirar y mirar a la vez). En alguna escena de película un tanto “subidita de tono”, etc.

Mi precedente antes de encontrar aquellos maravillosos cómics había sido buscar desenfrenadamente gente dándose besos en las revistas del corazón. Sí, mi cuerpo lo ansiaba y mi alma gritaba sentir todo esto a mi nivel de niña de 4 años.

El tiempo pasó y las revistas fueron a parar a la casa del campo, también en una bolsa en un armario. También las encontré por casualidad, parece que estábamos destinados a encontrarnos “accidentalmente”.

Las pocas veces que exclamé alguna palabra fuera de órbita mi madre me hizo saber enseguida que era una “guarra y que no se hacía” entonces chito la boca. Culpabilidad y a seguir jugando con la arena.

En este silencio pues yo interpreté que esto no se debía hacer, y de esta manera la sexualidad y los “placeres de la carne” se convirtieron en algo reservado a mi mundo interior.
Hilando más fino, lo que yo buscaba no era solo ver los cuerpos besándose, yo deseaba sentir, deseaba abrazos, deseaba que se normalizara el placer, deseaba entender la incongruencia de que el sexo era pecado pero al mismo tiempo necesario para dar vida a otro humano. Deseaba entender la incongruencia de eso no se hace pero lo desean y lo hacen. Deseaba entender porqué debía taparme la entrepierna cuando estaba jugando si para mi ahí no había nada peligroso yo no era peligrosa. Deseaba entender porqué un adulto venía a donde estábamos jugando para enseñarnos su pene (qué lo motivaba a hacer eso). Deseaba ver lo que tenían los nenes que yo no tenía. Deseaba jugar con eso, deseaba conocerlo, deseaba un nivel de charla y comunicación tal una niña se merece.

Conclusión: Los no dichos CONFUNDEN más que mil palabras.

Sofia.
Contarme vuestras historias 🙂

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