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Una tarde de verano ardiente….

Un aire de nostalgia se anudaba en mi garganta y me puse a dibujar. Estuve así unas cuantas horas, era domingo..

Esa horas pasaron entre cigarros y fantasías hasta que decidir salir a a la calle quizás te encontraría por ahí. Vaya uno a saber serias mi compañero en el metro hasta llegar a Verdaguer, oportuno nombre para una parada, o es que mi mente no tiene otro tipo de relación que hacer. .

Y con esa inquietud salí y me bajé allí donde los coches trazaban la diagonal de un lado a otro sobre los edificios esternales del pecho de Barcelona.

En algunos de esos cuartos dormirías. Si tuviera una forma de contactar contigo, un teléfono de hotel, un número donde aguardar en la puerta, algo.

Sabía que estarías aquí el verano siguiente de aquel en que nos conocimos. Si, nos conocimos tu a mi y yo a ti.

Sabía que estarías aquí porque te tocaba visitar a tus abuelos como cada verano.

No sé porqué me acordé de tí esa tarde. Tampoco importa mucho. A veces nos hacemos demasiadas preguntas y he aquí el portal de confusiones sin salida.

Los balcones son variopintos y cuidadosamente calculados unos de otros, es así como la arquitectura se dejó conceptualizar, repetición de esquemas cuidados y en norma. Bueno al final no alteran la vistan y si llegaras a estar allí mirando el cielo sería más fácil para mi reconocerte, sobre todo si el tiempo había despejado de tu cara la cara que yo reconocería.

Y empecé a caminar en círculos sobre las intersecciones de calles hasta que decidir ir hasta la pequeña rotonda entre la diagonal y paseo San Juan.

Sabía que no debía irme de aquel perímetro, no sé porque lo sabía pero era así.

Y si te dignaras a tener redes sociales y fuera así posible rastrearte para hablarte. Pero no, aún no, quizás en unos años cuando se te hubiera ido la paranoia de rebelde antisistema.

Estoy en la rotonda, bueno la plaza de Verdaguer como se empeñan en llamarla,  y salto una pequeña valla que me impide ir al centro de la misma en donde hay una columna en la cual se erige el personaje que le da nombre.

Estoy allí y me trepo en la construcción que lo rodea. Desde aquí diviso todo aquel que pase en coche o en bicicleta pero sinceramente pienso, con esta actitud pasiva no sé como te podré encontrar. Debería estar llamando en cada timbre o cada puerta quizás así de con Irina tu abuela, quien le gustaba atender el interfono con acertijos y frases que se inventaba al momento. Hasta sería más divertido pero por alguna razón elijo seguir aquí, el sol me da de frente y es agradable, sobre todo porque no llevo sujetador y mis pezones se encienden del calor que aterriza en mi barriga. Es un micro-eléctrico estallido que se inicia en mi dermis cada vez que el calor impacta sobre ella. Es agradable sentir el proceso en mi cuerpo.

Aquí me quedo sentada, veo las caras y no te encuentro. Es agosto y deberías estar aquí desde hace medio mes. Como mi vestido es ligero el viento que dejan al pasar los coches lo elevan y el fresco entra. Quizás estoy aquí porque aquí no se puede estar y si tu pasaras te llamaría la atención como hace cada cual que cruza.

Un chico en bicicleta me grita algo al pasar pero no le puedo entender, quizás fue en catalán o en algún otro idioma de los tantos que se pueden escuchar por aquí.

Sigo atenta, son las 17 de la tarde del domingo, a estas horas solías dar un paseo con tu abuelo Oscar mientras Irina miraba su serie de tv grabada en la semana.

Y se tanto de tí y tus costumbres que no sé cómo dar contigo. Fue hace un año la última vez. No quisimos ir más allá de esos encuentros porque sabíamos que nuestras aventuras iban en direcciones opuestas posiblemente interseccionadas.

¿Tendrías móvil esta vez? Tampoco te quise dar el mio.

Sé que era por aquí donde ellos vivían pero no sé donde exactamente, el día que me invitaste a comer pasta con ellos había decido entrar con los ojos vendados para no saber donde era, para no buscarte como parte de nuestros pactos seductorios. Era por aquí, eso sí.

Deseo caminar un poco y me bajo de la medianera que circunda la columna para hacerlo entre los pinos y la columna central. El suelo está fresco y la sombra despeja el calor de mi piel.

Doy vueltas en círculos y cojo mi libreta del bolso, creo que dejaré una nota por si acaso, quizás en la intercesión de nuestras aventuras coincida este mismo pino, que por cierto es muy compacto y verde.  

Escribo, “domingo 17hs volveré cada domingo de verano……Mirella” como te hacía llamarme, y la fijo a una rama fuerte para que no se caiga. No es la primera nota que dejo en recónditos lugares de la ciudad, con mi firma y señales de mi, con la intención de que la encuentres y hayes mi teléfono detrás. Pero esta era diferente en esta me comprometía que físicamente me encontrarás. Físicamente mi cuerpo para ti, para mi.

Camino un poco más en círculos, tampoco es que haya muchas opciones, y de repente no soy la única aquí. Hay un gato, se acerca a mi y se frota contra mi pierna para darse su merecido masaje. Interesante pienso. Lo dejo atrás y me subo a la valla para cruzar e ir al café que hay en la esquina, creo que un buen croissant a esta hora me irá bien, al menos hasta el próximo domingo en el que volveré a ver si has venido, a ver si te encuentro en el camino. A ver si la nota continua pendiendo de una rama.

El sol aprieta tan agradablemente que me quedo un rato más sentada mirando,  desprovista de expectativas, las caras que transitan en círculo, quizás alguna se asemeje a la tuya.

Cierro los ojos y miro hacía el sol que entra por mi frente, una mano se desliza lentamente sobre mi muslo derecho y la reconozco por el delicado mover que tiene.

Sigo inmovil sin abrir mis ojos, dejando a esa mano recorrerme a su gusto. Me inclino a sus placeres, me abro como si nadie me estuviera viendo y dejo a mi excitación guiarme…

La siento y sé que eres tú. Ahí mismo entre los arbustos, en el olor a hoja húmeda de los pinos, sobre la tierra húmeda y el sol que impacta sobre mi pecho y tu boca abierta mientras me penetras.

Tus ojos cerrados, y nadie nos ve, y los coches pasan al rededor. Y tiemblo como el barro debajo de tus pies mientras me sujetas contra el tronco que me raspa. Y cierro mis ojos para no pensar y sentir cómo sigues en mi y yo en ti, descubriendo las formas del placer en mi piel… en Mía orgasmos, en a tuyos. Y…

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